La educación virtual parece estar dando mejores resultados que la educación convencional basada en un modelo presencial.
Por Jaime E. Dueñas M.
Hace ya bastantes años, uno de los pioneros de la educación virtual en Colombia y en toda Iberoamérica se sentó a explicarme cómo funcionaba el modelo de su institución, llamada hoy Gimnasio Virtual San Francisco Javier.
Entonces, don Guillermo Cardona Ossa se dirigió a mí con un entusiasmo tal que, a pesar de las dudas que pudiera generarme el no muy avanzado desarrollo de Internet en el país en ese momento, resultaba poco posible no depositar algo de confianza en sus palabras.
Hoy resulta que la educación virtual parece estar dando mejores resultados que la educación convencional basada en un modelo presencial.
Al menos así se desprende de un análisis que el Departamento de Educación de Estados Unidos realizó sobre 99 estudios relacionados con el tema, llevados a cabo en ese país entre 1996 y 2008. Es decir, entre la época en que Internet apenas florecía en Colombia y el momento en que la banda ancha comenzó a moverse en nuestro país.
Realmente, es una mezcla de los dos modelos -presencial y virtual- la que ofrece mejores resultados; pero aún así, el modelo exclusivamente en línea se tradujo en una mejor respuesta por parte de los alumnos.
Los investigadores involucrados en el estudio están convencidos de que el modelo virtual estimula la investigación y el análisis, y que además los estudiantes ven más atractivas herramientas como el video, la mensajería instantánea y la colaboración en línea que el tablero y la tiza -en mis tiempos-, o que el tablero acrílico y el marcador borrable ahora, supongo.
También supongo que el modelo de educación virtual no solamente se refiere a las clases que se toman por la Red, sino a los apoyos que este medio ofrece para los estudiantes y los padres.
En mis tiempos, mi mamá tenía a su cargo la cafetería de mi colegio, que resultaba un medio más efectivo que Internet: a la hora del recreo ella ya conocía cualquier movimiento mío en el salón, narrado directamente por el profesor que disfrutaba de un cafecito luego de dictarme clase.
Ahora puedo confesarlo: yo no era un estudiante juicioso por naturaleza, sino que recibía marcación cuerpo a cuerpo.
Sin embargo, hoy en día me llama la atención el hecho de que mis sobrinos reciben material de lectura y trabajos, entre otras cosas, a través de un sitio web que les asignó su colegio, que de todas formas conserva un modelo presencial. Mi hermana y su esposo, por su parte, también tienen acceso a un espacio en línea en el que pueden hacer seguimiento de sus actividades y resultados.
Claro, por la facilidad con que se pueden desarrollar estas actividades allí, la Red también ha promovido malas prácticas, como el plagio y, más recientemente, el matoneo virtual.
En alguna ocasión anterior les conté sobre la experiencia de un amigo, profesor universitario, que recibió un trabajo que contenía varios párrafos en un idioma que no hemos terminado de identificar. Todavía me da risa, pero aún me parece lamentable.
Lo que resulta interesante es que, a la luz de los estudios, quienes tienen más facilidad para sacar provecho del lado oscuro de Internet parecen ser los menos interesados en usarlo. Ellos emplean la Red para estudiar, no para estimular su pereza ni para destruir.
Supongo que a estas alturas de la vida, la idea que don Guillermo Cardona me explicó hace ya algunos años ha evolucionado al ritmo que lo ha hecho Internet. Tengo que aceptarle el almuerzo que me ofreció por correo electrónico hace ya un par de meses, para enterarme bien del estado actual de la educación virtual en Colombia. Al menos en su institución.
Y, quizás, también tengo que empezar a mirar con un poco menos de recelo y desconfianza los anuncios publicitarios sobre estudios a través de Internet que me encuentro en algunos de los sitios que visito durante mis incursiones en la Red... Solo quizás... recuerden que vengo de la época de la tiza y el tablero.

