En la Era de la Globalización nuestro vecino habita al sur de Vietnam. La potencia de Internet amplifica nuestro mensaje haciéndolo llegar a cada rincón del planeta. Pero que nuestra voz se escuche muy lejos no es suficiente: se tienen que entender nuestras palabras allá donde lleguen.
En la Era de la Globalización hay un idioma, EL INGLÉS, que saca pecho frente a todos los demás. Se impone tanto por su número de hablantes como por su enorme potencia económica. Además, un gran porcentaje de la producción científica y técnica nace en territorio anglosajón (o lo producen en inglés nativos de otros países, expatriados o no, que saben que en su idioma sus textos no tendrán el mismo eco) y los términos que genera penetran casi sin resistencia en todas las culturas.
No se concibe el profesional de la Nueva Economía del Conocimiento que no sea, cuando menos, bilingüe; y que entre los idiomas en los que es capaz de comunicarse no esté el inglés. La conquista planetaria del inglés lucha contra las corrientes nacionales que tratan de potenciar la cultura y el idioma propios, con las academias que apuntalan su lenguaje para preservarlo del barbarismo, con las mezclas idiomáticas que provoca la emigración, con los gigantes asiáticos (China e India) que sólo con su población sitúan su idioma entre los más hablados del planeta... El inglés domina con holgura, pero en su idioma no se acaba el mundo.
En Internet el peso específico del inglés se multiplica. Hasta un 80% del contenido de las páginas de la Red está escrito en la lengua de Shakespeare, dato que choca con el porcentaje (alrededor del 50%) de internautas anglófonos. Pero como quiera que nadie está dispuesto perder el tren de la Nueva Economía, los gobiernos realizan esfuerzos más o menos importantes para que sus países estén presentes en la red de redes, para que existan contenidos no ya en su idioma, sino producidos por y para su cultura.
Al interés cultural por el que cada nación potencia su idioma en la Red, se une el auge imparable del comercio electrónico, que impulsa la apertura de los mercados y fomenta la necesidad de vender en varias lenguas. Las cibertiendas que pretenden saltarse las fronteras deben presentar el escaparate de forma que se entienda allí donde quieren llegar. Esto ocurre en un doble sentido: los negocios de cualquier país con ansias de expansión deben transformar sus contenidos, mayoritariamente al inglés, para darse a conocer, y las empresas estadounidenses no pueden obviar el poder de las lenguas minoritarias a la ahora de conquistar nuevos territorios.
Todo esto conduce a una imperiosa necesidad: adaptar lingüística y culturalmente los contenidos para penetrar en cualquier mercado. Con el inglés se llega muy lejos... pero ninguna tienda de la Red debería despreciar llegar a territorio francófono, germano, hispano o chino. Iñaki I. Rojo







